Finales de julio de 2026. España acumula 115.000 hectáreas quemadas y 32 grandes incendios, frente a los siete que tuvimos a estas alturas del año pasado. Más de 150.000 personas han sido evacuadas o confinadas y, como cada verano, el debate público se ordena en dos trincheras polarizadas: los que afirman que no se limpian los montes y los que afirman que arde por el cambio climático.
En algo tienen parte de razón, aunque ninguna llega al fondo de la cuestión.
El esfuerzo de la extinción
En el verano de 2026 la información está monopolizada por lo que respecta a las labores de extinción: medios aéreos, brigadas, tamaño de los diferentes fuegos, personas desplazadas… Es información necesaria para explicar un trabajo cuya magnitud escapa a la mayoría, pero que es imprescindible. Pero los trabajos de extinción, casi siempre, llegan tarde porque la partida del fuego empezó meses atrás.
En nuestros bosques hay una cantidad de matorral continuo que treinta años atrás no estaba. Montes y bosques, el paisaje natural de este país y una de sus principales riquezas, no son un jardín botánico ni pueden quedar rasos. El mantenimiento debe ser constante para que el combustible que alimentará los incendios veraniegos no se convierta en una alfombra ininterrumpida entre valles y cumbres.
El calentamiento global que se ceba con una península Ibérica en la que siempre ha hecho calor en verano, pero en la que las olas de calor cada vez son más largas y potentes, vive ventanas de riesgo extremo de incendios cada vez más intensas. Un comportamiento del clima que alimenta el riesgo y cuyas consecuencias sobre los incendios desbordan los operativos.
Las actividades económicas en los bosques
Durante siglos los bosques y montes se mantuvieron bajo actividades que nadie etiquetaba como “gestión forestal”. Se mantuvo y existía porque había gente que vivía en él: obtención de leña para construir, pastos, resinas, caza, corcho, ganados, cultivos en laderas… pero también actividades industriales como la hoy olvidada producción del mueble. Un mosaico de paisajes creados por la mano del hombre que frenaba los fuegos y que no eran fruto de una política o políticas concretas, sino de las actividades económicas. Cuando esas actividades cesan, el matorral ocupa los huecos y el mosaico se convierte en un continuo que requiere otro mantenimiento y atención.
Actividades como la ganadería extensiva dejan de ser un concepto idealizado, para convertirse en parte de la adaptación al cambio y reto que tenemos ante nosotros. Y no, no es folclore. La Comisión Europea reconoce que alrededor de 35 millones de hectáreas de hábitats protegidos dependen de la actividad de los pastores para su conservación. El pastoreo dirigido figura ya junto a los desbroces y quemas prescritas en la caja de herramientas de prevención y adaptación ante los incendios.
El asunto tiene una vertiente técnica, claro, pero no toda. Las labores de extinción pueden ser medidas y fiscalizadas políticamente. En cambio, la prevención desarrollada en enero pocas veces ocupa las noticias y su éxito se basa precisamente en que no suceda nada.
Del combate contra el fuego a la adaptación forestal
Existen, pues, dos marcos incompatibles bajo los pinares. Una parte considerable de mundo rural considera que la regulación se realiza lejos de sus territorios, sin conexión con sus problemas y realidades. Buena parte de mundo urbano ve las áreas rurales como un espacio virgen que debe ser protegido de la actividad humana, cuando precisamente son esas actividades lo que logra mantener los equilibrios. Ninguna política de prevención, por muy bien diseñada que esté, funcionará sin resolver las desconfianzas mutuas.
¿Qué podría cambiar cuando una administración aparca la idea de centrar los esfuerzos en el combate estival contra el fuego, para tratarlo como el resultado de un modelo de gestión territorial? Deberíamos negociar y trabajar en invierno con quien trabaja esa tierra y minimizar el fuego del verano.
Preguntémonos: ¿podemos prevenir los incendios recuperando e introduciendo nuevas actividades económicas? Los bosques y montes arden y arderán si olvidamos todo lo que puede suceder en ellos.